Un periodista español a los altares: Lolo

Un periodista español a los altares

Por Manuel Robles (17 de Diciembre, 2008)

Manuel Lozano Garrido ,”Lolo”, periodista español, fallecido en 1971, será beatificado en los próximos meses, según han podido conocer fuentes de EL IMPARCIAL en el Vaticano. “Lolo”, que murió a los 51 años en Linares, fue un periodista ejemplar que vivió los últimos años de su vida en silla de ruedas, paralítico y ciego, y que a pesar de los tremendos dolores que sufrió, siguió con su trabajo periodístico con publicaciones de miles de artículos y varios libros que dictaba en magnetófono au hermana, que transcribía después.

En la reciente reunión de la Unión Internacional de Periodistas Católicos celebrada en Roma la pasada semana, se sugirió crear un premio internacional de periodismo con el nombre de “Lolo”. El proceso de beatificación va muy avanzado, pues ya han sido aprobados los milagros, y la ceremonia podría celebrarse en Linares, pues el Papa Benedicto XVI es partidario de que las beatificaciones se oficien en los lugares donde el beato tuvo en vida su principal actuación.

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Hoy es noticia: el zapatazo de un dizque periodista

El zapatazo

Por Luis M. Alonso (18 de Diciembre, 2008)

El auténtico zapatazo no es el que le ha lanzado a Bush un dizque periodista aspirante a la notoriedad o a un contrato con la CNN. El zapatazo verdadero lo está lanzando el propio presidente de Estados Unidos al sentido común por agotar el margen de resistencia con los tipos, inundando el mercado de dinero gratis. El panorama que le espera a Barack Obama -supongo que la arriesgada medida la habrán tomado con el visto bueno del presidente electo- es espeluznante.

He leído que en una situación financiera tan grave lo que menos importa es la inflación, pero a mí, que de esto sé poco, no me cuadran los números. La espantosa crisis sobreviene, según parece, porque en el mercado había más dinero del que debería haber; porque ese dinero casi regalado lo ponían «generosamente» en las manos de los ciudadanos y por ello los ciudadanos gastaban más de lo que realmente podían gastar. Sin embargo, lo que se está haciendo ahora para corregir los errores es prácticamente lo mismo, incluso abaratar el dólar hasta despojarlo de valor, con el fin de alejar el fantasma de la depresión. De la misma manera que Rodríguez Zapatero está dispuesto a reventar la caja común para aliviar eventual y socorridamente la amenaza del paro.

El gran problema de esta recesión es que no sabemos qué hacer con ella. Y es probable que a estas alturas lo único posible sea sentarse a resguardo a aguantar el chaparrón, sin cometer demasiadas estupideces, hasta que amaine. Lo que se está haciendo en favor de la recuperación del crédito y la confianza no es seguro que vaya a rendir frutos de manera inmediata. Los vientos de la estafa, el calimocho financiero encubierto que ahora aflora no contribuyen, desde luego, a despejar el paisaje.

En España, además, las ratas abandonan el barco. Solbes dice que a ciertas edades hay que plantearse otras cosas que hacer en la vida. Este hombre cansado, que en la última y negra etapa del felipismo económico se ahorcaba involuntariamente con el nudo de su corbata, quiere desentenderse del presente invocando el futuro.

Ya se acerca la navidad

Un año más nos encontramos en el tiempo de Adviento. Adviento es un tiempo que la Iglesia nos regala, en el que nos invita a estar atentos, con la mirada puesta en el que ha de venir. Adviento significa Esperanza, significa Novedad,, renovación, vigilancia. Estar atentos a la voz del Señor que Llega a Regir la tierra. Regirá el Orbe con justicia y los pueblos con rectitud. Así reza un salmo caracteristico de este tiempo liturgico.

Un año mas

Con el Adviento la Iglesia abre un año nuevo. Divididos en dos tres ciclos: A B Y C

Este año de 2009 es el ciclo B

La palabra ADVIENTO es de origen latín y quiere decir VENIDA.

Es el tiempo en que los cristianos nos preparamos para la venida de Jesucristo.

En este tiempo de Adviento la comunidad eclesial, mientras se prepara para celebrar el gran misterio de la Encarnación, está invitada a redescubrir y profundizar su relación personal con Dios. La palabra latina “adventus” se refiere a la venida de Cristo y pone en primer plano el movimiento de Dios hacia la humanidad, al que cada uno está llamado a responder con la apertura, la espera, la búsqueda y la adhesión. Y al igual que Dios es soberanamente libre al revelarse y entregarse, porque sólo lo mueve el amor, también la persona humana es libre al dar su asentimiento, aunque tenga la obligación de darlo: Dios espera una respuesta de amor. Durante estos días la liturgia nos presenta como modelo perfecto de esa respuesta a la Virgen María, a quien el próximo 8 de diciembre contemplaremos en el misterio de la Inmaculada Concepción.

La Virgen, que permaneció a la escucha, siempre dispuesta a cumplir la voluntad del Señor, es ejemplo para el creyente que vive buscando a Dios. A este tema, así como a la relación entre verdad y libertad, el concilio Vaticano II dedicó una reflexión atenta. En particular, los padres conciliares aprobaron, hace exactamente cuarenta años, una Declaración concerniente a la cuestión de la libertad religiosa, es decir, al derecho de las personas y de las comunidades a poder buscar la verdad y profesar libremente su fe. Las primeras palabras, que dan el título a este documento, son “Dignitatis humanae”: la libertad religiosa deriva de la singular dignidad del hombre que, entre todas las criaturas de esta tierra, es la única capaz de entablar una relación libre y consciente con su Creador. “Todos los hombres —dice el Concilio—, conforme a su dignidad, por ser personas, es decir, dotados de razón y voluntad libre, (…) se ven impulsados, por su misma naturaleza, a buscar la verdad y, además, tienen la obligación moral de hacerlo, sobre todo la verdad religiosa” (Dignitatis humanae, 2).

El Vaticano II reafirma así la doctrina católica tradicional, según la cual el hombre, en cuanto criatura espiritual, puede conocer la verdad y, por tanto, tiene el deber y el derecho de buscarla (cf. ib., 3). Puesto este fundamento, el Concilio insiste ampliamente en la libertad religiosa, que debe garantizarse tanto a las personas como a las comunidades, respetando las legítimas exigencias del orden público. Y esta enseñanza conciliar, después de cuarenta años, sigue siendo de gran actualidad. En efecto, la libertad religiosa está lejos de ser asegurada efectivamente por doquier: en algunos casos se la niega por motivos religiosos o ideológicos; otras veces, aunque se la reconoce teóricamente, es obstaculizada de hecho por el poder político o, de manera más solapada, por el predominio cultural del agnosticismo y del relativismo.

Podemos tomar como punto de partida la palabra «Adviento»; este término no significa «espera», como podría suponerse, sino que es la traducción de la palabra griega parusía, que significa «presencia», o mejor dicho, «llegada», es decir, presencia comenzada.

«El Adviento y la Navidad han experimentado un incremento de su aspecto externo y festivo profano tal que en el seno de la Iglesia surge de la fe misma una aspiración a un Adviento auténtico: la insuficiencia de ese ánimo festivo por sí sólo se deja sentir, y el objetivo de nuestras aspiraciones es el núcleo del acontecimiento, ese alimento del espíritu fuerte y consistente del que nos queda un reflejo en las palabras piadosas con que nos felicitamos las pascuas. ¿Cuál es ese núcleo de la vivencia del Adviento?

Podemos tomar como punto de partida la palabra «Adviento»; este término no significa «espera», como podría suponerse, sino que es la traducción de la palabra griega parusía, que significa «presencia», o mejor dicho, «llegada», es decir, presencia comenzada. En la antigüedad se usaba para designar la presencia de un rey o señor, o también del dios al que se rinde culto y que regala a sus fieles el tiempo de su parusía. Es decir, que el Adviento significa la presencia comenzada de Dios mismo. Por eso nos recuerda dos cosas: primero, que la presencia de Dios en el mundo ya ha comenzado, y que él ya está presente de una manera oculta; en segundo lugar, que esa presencia de Dios acaba de comenzar, aún no es total, sino que esta proceso de crecimiento y maduración

Su presencia ya ha comenzado, y somos nosotros, los creyentes, quienes, por su voluntad, hemos de hacerlo presente en el mundo. Es por medio de nuestra fe, esperanza y amor como él quiere hacer brillar la luz continuamente en la noche del mundo. De modo que las luces que encendamos en las noches oscuras de este invierno serán a la vez consuelo y advertencia: certeza consoladora de que «la luz del mundo» se ha encendido ya en la noche oscura de Belén y ha cambiado la noche del pecado humano en la noche santa del perdón divino; por otra parte, la conciencia de que esta luz solamente puede —y solamente quiere— seguir brillando si es sostenida por aquellos que, por ser cristianos, continúan a través de los tiempos la obra de Cristo. La luz de Cristo quiere iluminar la noche del mundo a través de la luz que somos nosotros; su presencia ya iniciada ha de seguir creciendo por medio de nosotros. Cuando en la noche santa suene una y otra vez el himno Hodie Christus natus est, debemos recordar que el inicio que se produjo en Belén ha de ser en nosotros inicio permanente, que aquella noche santa es nuevamente un «hoy» cada vez que un hombre permite que la luz del bien haga desaparecer en él las tinieblas del egoísmo (…) el niño ? Dios nace allí donde se obra por inspiración del amor del Señor, donde se hace algo más que intercambiar regalos.

Adviento significa presencia de Dios ya comenzada, pero también tan sólo comenzada. Esto implica que el cristiano no mira solamente a lo que ya ha sido y ya ha pasado, sino también a lo que está por venir. En medio de todas las desgracias del mundo tiene la certeza de que la simiente de luz sigue creciendo oculta, hasta que un día el bien triunfará definitivamente y todo le estará sometido: el día que Cristo vuelva. Sabe que la presencia de Dios, que acaba de comenzar, será un día presencia total. Y esta certeza le hace libre, le presta un apoyo definitivo (…)».

Acompañar a María

Junto a otras muchas consideraciones que obtenemos de la meditación de los textos litúrgicos del tiempo de Adviento, hay una que no me gustaría olvidar.

«Estamos ya habituados al término «adviento» -decía el Papa Juan Pablo II el 29 de noviembre de 1978-; sabemos qué significa; pero precisamente por el hecho de estar tan familiarizados con él, quizá no llegamos a captar toda la riqueza que encierra dicho concepto. Adviento quiere decir “venida”. Por lo tanto, debemos preguntarnos: ¿Quién es el que viene?, y ¿para quién viene? En seguida encontramos la respuesta a esta pregunta. Hasta los niños saben que es Jesús quien viene para ellos y para todos los hombres. Viene una noche en Belén, nace en una gruta que se utilizaba como establo para el ganado. Esto lo saben los niños, lo saben también los adultos que participan de la alegría de los niños y parece que se hacen niños ellos también la noche de Navidad.»

Gran sabiduría la del Papa. Necesitamos volver una y otra vez sobre las verdades más conocidas, para ahondar en ellas y arrancarles luces nuevas: ¿Quién viene? Jesús. ¿Quién es Jesús? Es Cristo, el Mesías, el Salvador, el Señor. ¿Quién es Cristo? De nuevo responde el Papa: «Cristo es la alfa y la omega, el principio y el fin. Gracias a Él, la historia de la humanidad avanza como una peregrinación hacia el cumplimiento del Reino, que él mismo inauguró con su encarnación y su victoria sobre el pecado y la muerte. Por eso, Adviento es sinónimo de esperanza: no es la espera vana de un dios sin rostro, sino la confianza concreta y cierta del regreso de Aquél que ya nos ha visitado, del “Esposo” que con su sangre ha sellado con la humanidad un pacto de eterna alianza. Es una esperanza que estimula la vigilancia, virtud característica de este singular tiempo litúrgico. Vigilancia en la oración, alentada por una expectativa amorosa; vigilancia en el dinamismo de la caridad concreta, consciente de que el Reino de Dios se acerca allí donde los hombres aprenden a vivir como hermanos».