Domingo V del tiempo ordinario

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Domingo V del Tiempo Ordinario (B)

Son muchos los que no encuentran respuesta al por qué de la vida; ni entienden que Dios pueda permitir el mal; ni logran dar con una razón definitiva que justifique la lucha sin deserción y hasta el final. En estos domingos del Tiempo Ordinario los cristianos no celebramos un acontecimiento o misterio particular de la vida de Cristo, sino justo su comportamiento habitual para ayudarnos a acometer con sentido y serena fidelidad nuestra vida cotidiana. Volvemos así, de domingo en domingo, a la escuela del Maestro para redescubrir en su palabra y en su conducta las elecciones fundamentales que dan verdadero y definitivo sentido a la vida: la revelación cada vez más sorprendente en Él del Dios que libera y salva. En esta consecuencia de su seguimiento nos quiere instruir hoy, con su mismo ejemplo, el Señor.

En la primera Lectura escuchamos la descripción patética de la vida que nos hace Job, como la de tantos otros que no ven el sentido de sus vidas ni el resultado de las fatigas que tuvieron que soportar. Por eso, la compara a la del jornalero que briega con la tierra «suspirando por el momento de sentarse a la sombra» o «aguardando el salario al anochecer», para volver de nuevo al trabajo desde el amanecer. Y así, termina por decir: «mis días corren más que la lanzadera», que va y viene hasta que se le termina el hilo; «un soplo que se agota sin dicha más por ver». A la vista de esta situación desesperada de la vida del hombre, el Salmo responde desde la salud que espera de Dios: «Alabad al Señor, que sana los corazones quebrantados». Justo porque el Evangelio nos viene hoy a confirmar cómo es de esta condición trágica e inconsistente de la existencia humana de la que, como médico, viene a sanarnos el Señor. Si sólo hombres eran los encargados del servicio sinagogal, en la casa era la mujer quien llevaba el servicio de la comida festiva a que el sábado daba lugar. Y justo ese en que es Jesús quien se dirige con sus discípulos a casa de Pedro para comer, su suegra está en cama con fiebre y no los puede atender. Jesús, entonces, simplemente «se acercó, la cogió de la mano y la levantó». El mismo verbo con el que se expresará su Resurrección y el mismo gesto con el que despertó de la muerte a la niña de 12 años por la que se le rogó. Fue así como disipó la fiebre que tenía postrada a la suegra de Pedro y «se puso a servirles». Toda una imagen con la que el Evangelio de hoy nos expresa que es con su Resurrección como Cristo sana la inconsistencia de nuestra vida y naturaleza, levantándonos a la esperanza que le da sentido y fortaleza para gastarla en «servir al Señor». Por eso el evangelista nos informa cómo siguió sanando a todos los enfermos que le presentaron, justo «al ponerse el sol»: es decir, cuando acabado el sábado comenzaba ya el domingo, como presagio del día en que venció para siempre el mal y la muerte resucitando. Fue el resultado de hacer de su vida el cumplimiento de lo que el Padre en cada momento quisiese. Por eso se retira después en oración para no dejarse llevar por otro espíritu ni tentación engañosa como la del éxito popular, que tanto entusiasma a Pedro y viene a buscarlo… Es Pablo en la segunda Lectura quien hoy nos sirve de réplica y ejemplo. También él ha hecho de su vida el cumplimiento de una misión encomendada por el Resucitado: el anuncio del Evangelio que abre a la única esperanza que da sentido definitivo a la vida humana, sin pretender a cambio sino el gozo mismo de poderlo comunicar.

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