Tiempo de exámenes

EXÁMENES

Por David Llena

Febrero, en la Universidad tiene ese sabor entre los estudiantes. Es tiempo de parar y recapitular, es tiempo de volver hacia atrás y repasar todo aquellos que se aprendió o de apuntalar aquello que quedó un poco en el aire.

En febrero se cambia un poco, o bastante, la rutina. Es tiempo de mostrar el fruto de lo que se sembró durante los primeros meses del curso, de hacer un alto en nuestro aprendizaje, para afianzar y seguir construyendo en el siguiente cuatrimestre.

También pronto en la Iglesia tendremos nuestro particular parón en este devenir de domingos ordinario y tener un tiempo de revisión de nuestra actividad, de ver nuestro crecimiento y de demostrar que todo el tiempo que hemos pasado no ha sido en vano.

Pero no podemos ser como los malos estudiantes, que comienzan a estudiar cuando “le ven las orejas al lobo”, debemos ponernos a trabajar desde ya, sabiendo que llegado el momento deberemos rendir cuentas.

Antes del examen final, aquel que cada uno tendremos ante el Juez de la historia, tenemos todos esos exámenes parciales que la Iglesia nos propone cada año en Adviento y Cuaresma, a los que muchos ni siquiera se presentan, pensando en que ya estudiarán para el final. No es una buena estrategia y muchos estudiantes lo saben por propia experiencia.

Pero también tenemos la obligación de hacer nuestros propios sondeos de nuestra alma con el examen de conciencia que, en el caso de la Liturgia de la Horas, se nos propone diariamente al finalizar el día y que al menos todas las semanas deberíamos hacer.

El tan traído y llevado plan Bolonia, implica algo más a los profesores en el seguimiento de los alumnos, para alcanzar un mejor rendimiento al final del curso. Un diálogo entre el profesor y el alumno que le haga comprender mejor los conceptos, resuelva las dudas y le ayude a afrontar la materia con más éxito y con menos esfuerzo.

También la Iglesia cuenta con multitud de sacerdotes, pastores de almas, que dedican parte de su vida a que tengamos mejores resultados al final de nuestra vida. Son los directores espirituales que pacientemente colaborar a que el trigo crezca con mayor fuerza que la cizaña y así podamos dar un fruto más abundante, son los labradores que preparan la tierra para la semilla y la riegan y la cuidan mientras Dios la hace germinar.

Así pues, debemos ponernos manos a la obra hoy mismo, que la fecha del examen se acerca y no podemos dejar escapar ni un minuto más.

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