Jesus y el Templo

Jesucristo, Nuevo Templo. El orden entre la religión del corazón y la veneración por el Templo, a que hemos aludido a propósito de los profetas, se observa de modo semejante en Jesucristo: aparte de cumplir el rito de la presentación y rescate de los primogénitos (Lc 2, 22-39), Jesús siente, ya de niño, la atracción de la ‘casa de su Padre’ (Lc 2, 41-50) y, de mayor, el celo por el Templo como ‘casa de oración’, mancillada por los negociantes (Mt 21, 12-13; Mc 11, 11.15-17; Lc 19, 45-46; Io 2, 13-17; cfr. Is 56, 7; Ier 7, 11). Aprueba los cultos a Dios allí practicados, aunque denuncia la superficialidad que se ha infiltrado (Mt 5, 23 ss.; 12, 3-7; 23, 16-22; etc.). Pero, llevando a su culmen las predicciones de los antiguos profetas anuncia, no sin dolor, la ruina definitiva del Templo (del tercer Templo, edificado por Herodes el Grande), del que, ante el asombro de los Doce, predice que no quedará piedra sobre piedra, como en efecto sucedería unos treinta años después (el 70 d. C.).

La revelación más profunda y misteriosa sobre el Templo la expone Jesús después de la expulsión de los vendedores, cuando los judíos le preguntan qué señal les da para actuar así (lo 2, 18). S. Juan nos ha conservado esta respuesta de Jesús: ‘Destruid este Templo y en tres días lo levantaré’ (lo 2, 19). El mismo Evangelista continúa: ‘Los judíos le replicaron: en cuarenta y seis años fue edificado este Templo y ¿tú lo vas a levantar en tres días? Pero Él hablaba del templo de su cuerpo. Por eso, cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron que ya lo había dicho, y creyeron en la Escritura y en la palabra de Jesús’ (lo 2, 20-22).

La antigua profecía, tantas veces repetida por Dios, de que habitaría en medio de los hombres (Ex 25, 8; 13, 14; Ier 7, 3-7; Ez 43, 9; Ps 5, 12) se cumple de manera plena e inimaginada en el Cuerpo de Cristo, ‘porque en Él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente’ (Col 2, 9). El mismo término habitar es el empleado por S. Juan, al comienzo de su Evangelio, para resumir el misterio de la Encarnación: ‘El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros’ (lo 1, 14). No puede negarse el sentido de cumplimiento que tiene para el autor sagrado la frase que ha escrito bajo la inspiración divina: el habitaré de la promesa veterotestamentaria se ha cumplido plenamente en Jesucristo, y puede emplear el aoristo ‘habitó entre nosotros’. Jesús, es pues, el nuevo Templo, el verdadero Templo, ‘no hecho por mano de hombres’ (Mc 14, 58; cfr. 2Cor 5, 1; Heb 9, 24; Act 17, 24), y del cual el antiguo Templo de Jerusalén era sólo una figura o signo anticipado.

6. La Eucaristía, Templo nuevo perenne en la tierra. Cristo resucita, primicias de la resurrección final de todos, a la vida gloriosa en los cielos ‘sentado a la diestra del Padre’ (Act 2, 33; 3, 7; Rom 8, 34; Eph 1, 20; Col 3, 1; etc.). Pero por su divino poder hace que su cuerpo glorioso ascendido a los cielos permanezca real, admirable y verdaderamente en la tierra, haciéndose presente en todos los lugares entre los hombres hasta el fin de los tiempos. El Cuerpo eucarístico de Cristo será la realidad viviente de la perpetuidad del cumplimiento de la antigua promesa ‘habitaré en medio de ellos’.

El culto público que los antiguos israelitas rendían a Dios en el Santuario y después en el Templo es sustituido por el culto supremo y público, definitivo, que el hombre puede dar a Dios: el Sacrificio por excelencia, la Santa Misa, en el que Jesucristo, sacerdote principal y víctima al mismo tiempo, renueva el Sacrificio único y para siempre de la Cruz. En este sentido adquieren su valor los innumerables templos cristianos, dentro de los cuales y a su abrigo se renueva el Sacrificio y guardan en sí el verdadero Templo, que es Cristo.

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